El trigo trasciende su condición de cereal panificador. En la actualidad, la producción triguera se proyecta hacia sectores industriales renovados, particularmente la elaboración de etanol, un combustible obtenido de fuentes agrícolas que representa una oportunidad comercial de peso para productores rurales.
Países de gran relevancia en agricultura mundial ya han incursionado en este camino. Canadá, Francia, China y Brasil figuran entre los que han desplegado sistemas de procesamiento de trigo destinados a la obtención de etanol. Estas experiencias internacionales validan la viabilidad técnica y proyectan las posibilidades económicas del modelo.
La demanda global de biocombustibles crece con ritmo sostenido. Políticas de descarbonización, restricciones a emisiones contaminantes y objetivos de neutralidad climática impulsan gobiernos y empresas a buscar alternativas energéticas. El etanol derivado de cereales como el trigo se posiciona como una respuesta tangible a estas presiones.
Para la agricultura, este escenario reconfigura el valor de la producción triguera. Los productores no están limitados a comercializar su cosecha con molinos o empresas panificadoras. Existe ahora un mercado paralelo, más dinámico, donde destilerías y plantas de biocombustibles compiten por adquirir trigo. Esa competencia por el insumo beneficia directamente el ingreso agrícola.
En Argentina, la adopción de modelos similares a los de Francia, Canadá, China y Brasil podría multiplicar las ventajas comparativas del sector. El país cuenta con capacidad productiva comprobada de trigo. Lo que faltaría es inversión en infraestructura de transformación. Cerrar esa brecha permitiría que el valor agregado de la cadena triguera se concrete en territorio nacional, generando empleo y mayores retornos para productores y regiones productoras.
Imagen: SplitShire / Pexels – Con informacion de Clarín Rural





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