Existe una prescripción cultural muy clara sobre qué hacer cuando el amor nos causa daño. Se supone que debemos borrarlo de nuestras vidas, procesarlo rápidamente y avanzar sin nostalgias ni resabios emocionales. Los pasos están codificados: soltar, cerrar ciclos, sacar de nuestro mundo a quienes no nos hacen bien. La fórmula promete libertad y sanación.

Pero esta narrativa choca con una experiencia que muchos reconocen en silencio: el amor no desaparece tan fácilmente. Continúa habitando en nosotros, quieto pero presente, desafiando los mandatos que supuestamente deberíamos cumplir. Una autora que ha reflexionado sobre esta contradicción plantea una pregunta incómoda: ¿es realmente necesario?

La tensión entre lo que se espera que sintamos y lo que efectivamente sentimos define gran parte de la experiencia amorosa contemporánea. En una sociedad obsesionada con la «superación» y el «crecimiento personal», admitir que alguien sigue viviendo en nuestro corazón se considera, a menudo, un fracaso personal o una debilidad emocional.

Sin embargo, esta perspectiva alternativa sugiere que quizás el problema no está en que el amor persista, sino en nuestra resistencia a aceptar esa persistencia. La vida emocional humana es más compleja que los esquemas binarios que nos ofrecen: o lo borramos todo o quedamos atrapados para siempre.

La propuesta es diferente. Reconocer que el afecto continúa sin permitir que nos paralice. Aceptar que las personas que nos amaron y nos lastimaron pueden seguir ocupando un espacio en nuestra historia sin ser el centro de nuestra vida actual. Esto requiere abandonar la ilusión de la desaparición total y abrirse a una convivencia más honesta con nuestras propias emociones.

Imagen: Octavian Iordache / Pexels – Con informacion de Perfil

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